Hagiografía

Del griego ἅγιος, santo, y γραφή, escritura. Se denomina así a la biografía de los santos, al autor se le llama hagiógrafo, aunque también recibe esta denominación cualquier autor de la Sagrada escritura.

La figura más destacada es Anastasio de Alejandría con su obra Vida de San Antonio (años 356-357).

Las hagiografías se leían como sermones y se catalogaban en calendarios anuales conocidos como menaion (del griego μηνιαίος, menaíos, que significa mensual). Se hacían versiones cortas del santo correspondiente a cada día.

Las hagiografías eran elegidas por un compilador para formar un libro de vidas de santos que recibía el nombre de paterikon (del griego πατέρας, patéras, cuyo significado es padre).

En Europa Occidental, la hagiografía más divulgada en la Baja Edad Media y el Renacimiento fue la Leyenda Áurea de Jacopo da Vorágine y, durante la Edad Moderna, las Acta Sanctorum que empezó el jesuita Jean Bolland.

Según los modelos de santidad, las hagiografías podían ser escritas en uno u otro género literario, los más comunes son los siguientes:

-Escrito apócrifo: personas del Nuevo Testamento.

-Actas de los mártires: son las actas de la condena o bien las narraciones de las mismas.

-Pasiones: juicio y muerte de los mártires.

-Vidas: toda la vida del santo como ejemplo a seguir.

-Martirologios: listado ordenado según el calendario, de aquellos santos cuyo natalicio se recuerda.

-Leyenda: narración de la vida de un santo como ejemplo a seguir que se leía en la liturgia de las horas.

-Legendario: también llamado pasionario, es la colección de vidas de santos que pueden servir de ejemplo de comportamiento.

-Himno: a modo de alabanza a los santos.

Narcisa de Mireya Robles

La imagen de más arriba pertenece a la obra Hagiografía of Narcisa la Bella de Mireya Robles.

El título de la novela lleva al lector a un universo que sugiere las historias del santoral católico, pero entre las beatíficas leyendas de los canonizados y los hechos de esta Narcisa que se autotitula la bella, hay muchas diferencias, como por ejemplo elementos de la filosofía oriental enfrentados con los dogmas de la teología católica; también vemos una preocupación estética y una soledad desesperada ajenas a los elegidos por el Dios cristiano.

La obra ofrece humor negro, sátira del vivir provinciano en la Cuba anterior a 1952; una parodia de uno de los cuentos infantiles clásicos por excelencia: “La cenicienta” de Perrault. Observamos una interpretación retorcida de los mitos griegos.

La narración no apela a las capacidades emotivas del lector, sino que exige su intelecto, mantiene el tono de relato pletórico de milagros frecuente en la vida de santos, recurso que la autora consigue gracias al realismo mágico.

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