Cien años de Platero

Foto de Estefanía Alfonso

Foto de Estefanía Alfonso

Platero y yo fue escrito por Juan Ramón Jiménez, escritor onubense nacido en la población de Moguer.

Se trata de una narración poética de la vida y muerte del burro. La primera edición de la novela fue en 1914, por lo que este año se celebra su centenario, y de ahí que haya querido rendir un pequeño homenaje en este blog; además he de decir que yo también soy de Huelva y la tierra tira, por lo que, independientemente del aniversario, me sentía obligada a escribir algo sobre mi admirado Juan Ramón, como solemos referirnos a él la gente de allí.

La edición completa se publicó en 1917, la componen 138 capítulos que Juan Ramón Jiménez quería ampliar hasta 190 e incluso escribir una segunda parte cuyo título sería Otra vida de Platero, pero ninguno de los proyectos se llevaron a cabo, simplemente se escribieron tres capítulos más hacia 1920.

Uno de los párrafos más conocidos es el comienzo de la obra:

“Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro. Lo dejo suelto y se va al prado y acaricia tibiamente, rozándolas apenas, las florecillas rosas, celestes y gualdas… Lo llamo dulcemente: ¿Platero?, y viene a mí con un trotecillo alegre, que parece que se ríe, en no sé qué cascabeleo ideal.”

Sin embargo quiero compartir dos de los fragmentos que más me gustan:

De éste me encanta la escena que describe con la niña, y me llama la atención porque a pesar de que el texto no va dirigido a niños, claramente Juan Ramón escribía para adultos, es quizás una de las lecturas obligatorias en los colegios, al menos lo fue en la época en la que estudié yo, de hecho el propio autor en el prólogo hace la siguiente aclaración: «Yo nunca he escrito ni escribiré nada para niños, porque creo que el niño puede leer los libros que lee el hombre, con determinadas excepciones que a todos se le ocurren».

“En el arroyo grande que la lluvia había dilatado hasta la viña, nos encontramos, atascada, una vieja carretilla, perdida toda bajo su carga de hierba y de naranjas. Una niña, rota y sucia, lloraba sobre una rueda, queriendo ayudar con el empuje de su pechillo en flor al borricuelo, más pequeño, ¡ay!, y más flaco que Platero. Y el borriquillo se despachaba contra el viento, intentando, inútilmente, arrancar del fango la carreta, al grito sollozante de la chiquilla. Era vano su esfuerzo, como el de los niños valientes, como el vuelo de esas brisas cansadas del verano que se caen, en un desmayo, entre las flores. Acaricié a Platero y, como pude, lo enganché a la carretilla, delante del borrico miserable. Lo obligué, entonces, con un cariñoso imperio, y Platero, de un tirón, sacó carretilla y rucio del atolladero y les subió la cuesta. ¡Qué sonreír el de la chiquilla! Fue como si el sol de la tarde, que se quebraba, al ponerse entre las nubes de agua, en amarillos cristales, le encendiese una aurora tras sus tiznadas lágrimas. Con su llorosa alegría, me ofreció dos escogidas naranjas, finas, pesadas, redondas. Las tomé, agradecido, y le di una al borriquillo débil, como dulce consuelo; otra a Platero, como premio áureo.”

El segundo fragmento que quiero destacar narra una de las visitas que el dueño de Platero hace a la sepultura del burro junto con unos niños:

“Esta tarde he ido con los niños a visitar la sepultura de Platero, que está en el huerto de la Piña, al pie del pino redondo y paternal. En torno, abril había adornado la tierra húmeda de grandes lirios amarillos.

Cantaban los chamarices allá arriba, en la cúpula verde, toda pintada de cenit azul, y su trino menudo, florido y reidor, se iba en el aire de oro de la tarde tibia, como un claro sueño de amor nuevo.

Los niños, así que iban llegando, dejaban de gritar. Quietos y serios, sus ojos brillantes en mis ojos me llenaban de preguntas ansiosas. ¡Platero amigo!- le dije a la tierra-: si como pienso estás ahora en un prado del cielo y llevas sobre tu lomo peludo a los ángeles adolescentes, ¿me habrás, quizá, olvidado? Platero, dime: ¿te acuerdas aún de mí?”.

¿Por qué éste? La gente de Huelva me entenderá, sobre todo los que como yo son de la capital.

Platero está enterrado bajo un pino centenario junto a la casa de descanso del autor en una finca de su pueblo llamada Santa Cruz de Vista Alegre, a la casa se la conoce con el nombre de Fuentepiña, y éste es el nombre de uno de los barrios de mi querida ciudad natal: Huelva. Así que para aquéllos que no sepan de dónde viene el nombre de esta barriada, aquí tienen una nota histórica.

En 2004 la finca, la casa y el paraje en el que se ubican fueron declarados Bien de interés cultural y Patrimonio histórico de España por la Junta de Andalucía.

Nota: el ejemplar de la imagen es el que leí en el colegio. Edición de enero de 1981.

 

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7 pensamientos en “Cien años de Platero

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